sábado, agosto 09, 2008

Un loco anduvo suelto... en Cantabria

Advertencia previa: En esta pseudo-guía se hablará sobre todo de comida. Puede producir empacho a los estómagos sensibleros, o aumentar la líbido en personas de buen comer y buen saque. Que viva el turismo gastronómico.

Santillana del mar es el pueblo de las tres mentiras: ni es santa, ni es llana, ni tiene mar. Pero es precioso. Casi todo el pueblo (el casco antiguo) tiene el suelo empedrado y es prácticamente peatonal. Destacan las casas antiguas, algún palacio, el claustro, etc. Y muchos bares, restaurantes y tiendas de souvenirs.

Uno de los primeros grandes descubrimientos fue el Restaurante Altamira. En primer lugar, destaca por ser un lugar acogedor: no hay ruidos, todo está en armonía, la decoración es casi perfecta y en el hilo musical, dependiendo del día, se escucha a Vivaldi o los clásicos de Frank Sinatra.

La comida es de primera calidad, empezando por las mejores anchoas del mundo (mundial) o casi. Servidas con finas rodajas de tomate, y aceite de oliva en abundancia... exquisitas. No quedaron atrás el jamón ibérico y un solomillo de ternera. Aquí volvimos un par de días más.

El primer día lo dedicamos casi que únicamente a descansar. Para cenar, en plan ligero, otro buen descubrimiento: en el restaurante La Villa probé una ensalada de chopitos (también llamados "puntillas") riquísima.

Una de las casas antiguas de Santillana, llamada Casa Peredo, acoge exposiciones de fotografía. La Obra Social Caja Cantabria se encarga de ello. Allí encontramos fotos de indígenas, gente de países africanos y de otros como Guatemala.

A la hora de comer, en el Gran Duque, unas anchoas que resultaron demasiado saladas; un surtido de ibéricos para chuparse los dedos, y como plato fuerte, cordero. El lechazo al horno, uno de mis clásicos favoritos.


Las famosas cuevas de Altamira nos entretuvieron un buen rato, pero resulta que no son las auténticas. Lo que el público puede visitar es un montaje realizado hace unos años, y no es lo mismo. Eso sí, aparte de la pírrica visita a las cuevas, uno puede ver toda la historia explicada en vídeos, fotos, paneles interactivos, etc. Eso sí que está muy bien hecho.

Una cena discreta y unas horas de sueño después, nos encontramos en San Vicente de la Barquera, pueblo tristemente conocido por ser la patria chica de un indeseable al que prefiero no nombrar.

San Vicente es una de las bellezas de Cantabria. Tiene una bonita playa, un gran puerto, y una calle repleta de restaurantes interesantes a los que tuvimos tiempo de volver. Además, a nivel cultural, está el Castillo del Rey; y una Iglesia prescindible.

A la hora de la comida, una visita a Asturias patria querida para volver a nuestro querido El Molín de la Pedrera. Empezamos con el jamón ibérico, delicioso, para variar, y continuamos con las almejas. Como bien sabrán muchos de los lectores, en las almejas a la marinera es tan importante la salsa como las propias almejas. En este caso, pecamos de gula a lo grande. Unas almejas gloriosas y pan en abundancia para la salsa. Para rematar, el plato estrella: solomillo ibérico al Oporto. La salsa de ese plato parece tocada por un ángel, y el solomillo es tierno a más no poder. Todo ello regado por un buen vino. Es el lugar ideal para sufrir el Síndrome de Stendhal.

La visita a Comillas resultó lo peor del viaje: visitamos un vertedero. Una ingente cantidad de jóvenes acampados en dicho pueblo dejaron basura a cascoporro repartida por todo el pueblo, tras uno (o varios) macrobotellones.

Comer en San Vicente minimizó el disgusto tan tonto de por la mañana. A destacar, un arroz con bogavante... caldoso. Y aclaro lo de caldoso, porque por estas tierras mediterráneas lo más habitual son los arroces secos o melosos. Pero el experimento salió bien.

Un paseo por Santillana para ver lo que nos quedaba de pueblo, y acabamos de nuevo en el Altamira. Repetimos con las anchoas, probamos las almejas a la marinera, y yo me comí nisecuántas costillas de cordero lechal (el plato era grande). A punto de reventar, era buen momento para probar una serie de sorbetes de helados con no sé qué gelatina de kiwi...

En Noja descubrimos que hay playas bonitas, una Iglesia altísima y la Casa de la Cultura. En Santoña, y con las mejores vistas al mar, comimos. Unos chopitos y un ibérico de categoría, para terminar con el besugo, que triunfó a lo grande.

En Santander no hay mucho que ver. Vimos las playas y visitamos el Palacio de la Magdalena, incrustado en un macrocomplejo de lo más heterogéneo.

Una de las visitas imprescindibles, sobre todo para los amantes de la naturaleza, es el Parque de Cabárceno. Una especie de zoo-safari-park, con gran variedad de animales. Allí te puedes perder toda una mañana, e incluso un día entero. También hacen un espectáculo con leones marinos, y hay una exposición de serpientes (vivas y encerradas).

Volvimos a comer en el Altamira...

En Puente Viesgo, pueblo conocido porque España se concentraba allí en la época de Clemente como seleccionador, están las cuevas prehistóricas. Hay seis, pero sólo dos son visitables: El Castillo y Las Monedas. Éstas sí que son cuevas auténticas, no "recreadas" como las de Altamira. Se pueden ver pinturas rupestres, estalactitas, cascadas, etc. La visita es guiada y lo explican todo bastante bien.

Comer en un asador es una ocasión única para disfrutar de la carne. En este caso fue un buen entrecot de ternera.

Cuando ya se nos acababan las vacaciones, decidimos que la última noche había que ir a Santander. Y acertamos de lleno con otro de los grandes: el Restaurante Zacarías. Las cigalas más grandes que he visto (y veré en mucho tiempo) en mi vida... allí. Con un par por cabeza, y unas almejas, ya casi habíamos cenado. Pero quedaba el lenguado, y aquí viene otra curiosidad: lo ponen con piel y recomiendan comerla. La explicación, sencilla. La piel, con una fina capa de grasa, le da un toque de sabor especial.
Todo ello, regado por un rosado fresquito, nos dejó buen cuerpo. Pero quedaba el postre. La mejor tarta de queso, seguramente, en muchos kilómetros a la redonda. Indescriptible.

Alguna comida, alguna visita turística y algo más me habré dejado por el camino. El último día por la mañana lo dedicamos a comprar productós típicos: mermelada casera, chocolate artesano, anchoas, embutido de ciervo...

Ah, y a probar la leche recién ordeñada en Casa Quevedo. Una experiencia de lo más recomendable. Leche pura, fresquita y riquísima.

Y volver.

Ocho horas, 36 grados de temperatura, y un par de miniatascos después, llegamos a Valencia.





P.D: Ah, y no se os olvide visitar el casino de Santander...

8 comentarios:

Jovekovic dijo...

Tomo nota de los restaurantes. Entiendo tras este post, que tú eres más de Bisbal ;-)

Virginia dijo...

Dios, qué hambre tan sobrehumana!

Si pasas alguna vez por Málaga, y más concretamente por Mijas Pueblo, ven al Museo del Vino y te hago una cata maridaje con vinos del copón bendito (uis, qué cani ma quedao eso) y delicatessen tipo muslos de pato salvaje al vino Málaga, o pimientos rellenos de centollo :) que veo que eres de buen comer, y, encima, de comer bien ;)

besos, loco!

pez dijo...

Si me disculpas se que esta pregunta te la tendría que hacer tu madre o tu abuela pero no aguanto sin hacerla:

¿Comiste bien hijo, te veo mas delgado?

.].ëXh!B¡ç¡øN!§Ta.[. dijo...

Visitar esas ciudades, sería como ser protagonista de una película o el paisaje ideal de un sueño.

Desde Chile a veces me cuesta creer que Europa es real.

Besos tibios.

Sensai dijo...

Para mi unas vacaciones extraordinarias pasan por:

Comer bien.
Beber bien.
Paisajes, compañía y naturaleza sorprendente y ...
lo que estáis pensando también.

Besos veraniegos.

Lautréamont dijo...

Oiga, casi dan ganas de irse para allá corriendo. Si algo nos enseña viajar más allá de los Pirineos, es que como en España... no se come en ningún sitio. (Ni se bebe, claro).

Con todos mis respetos hacia Pequeña Turquía/Berlinistán, patria del Döner Kebab, y por supuesto Italia.

James Joyce dijo...

Cierto es que no soy de Bisbal ni de Bustamante, que soy de buen comer y eso hice, las vacaciones estuvieron muy bien... y sí, salir de España sirve para darse cuenta de lo bien que comemos aquí. En mi caso, ir al extranjero equivale irremediablemente a perder un kilo o dos.

Maria Coca dijo...

Casi nos topamos en Santillana del Mar... Curiosa coincidencia de viaje, James...

Y coincido contigo en todo: precioso!